Globalización

En el cine de mi niñez abrieron un Zara (y un Tous)

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Pasear por la Rambla Principal es un clásico para muchos vecinos de Vilanova y la Geltrú, también para aquellos que viven en sus alrededores. Compartimos un espacio de ocio y socialización que durante varias generaciones había acogido diferentes salas de cine. El séptimo arte era uno de los pilares culturales de la ciudad, largas colas se habían llegado a formar para ver películas de estreno. El olor a palomitas había inundado aquél tramo de la Rambla en el que estaba el Cine Bosc, la última de las salas clásicas en caer en el olvido.

Cada vez que paso por delante de su fachada, noto un pinchazo en el corazón. Veo dos tiendas más, dos franquicias, exactamente idénticas a las que puedes encontrar en cualquier otra ciudad, casi en cualquier lugar del mundo, mientras hemos perdido algo nuestro y único. Cuando recuerdo las tardes que había vivido allí me viene a la cabeza el replicante de Blade Runner: “Todos aquellos momentos se perderán como lágrimas en la lluvia”. La lluvia se llama globalización y el cine se ha perdido entre ella. ¿Cómo amar aquello que ya no está? Para los cinéfilos se nos ha vuelto como una amante esquiva que nos incita a la melancolía, se nos ha vuelto un vacío en el corazón que jamás llenará un colgante de osito, ni tampoco unos tejanos cosidos por mano de obra explotada en el sudeste asiático.

Por desgracia, es habitual ver como las salas de proyecciones históricas van desapareciendo poco a poco del centro de las ciudades. La globalización, el capitalismo y la especulación inmobiliaria juegan un papel determinante en la destrucción sistemática de los cines de barrio. Aunque a principios del siglo XX estuvieran compartiendo espacios con huertas y fábricas, dentro de zonas de proyección y crecimiento de las ciudades, en el siglo XXI los antiguos cines ocupan solares situados en lugares céntricos y muy cotizados. A su vez, nuestra sociedad se ha desenroscado, en el siglo XIX pasamos de habitar en el campo a vivir en las ciudades mientras que durante el siglo XX hemos pasado de vivir en las ciudades a movernos por zonas metropolitanas y suburbios cada vez más grandes y extensos. ¿El por qué? Es bien sencillo. Las lógicas de la especulación han beneficiado de la construcción en las afueras y han ocupado terrenos más baratos y mejor conectados a mejores vías de comunicación, donde han proliferado los centros comerciales.

Y he aquí el gran problema, el tipo de consumo de los grandes centros comerciales se basa en la franquicia, en un tipo de restauración y comercio clonado en casi todos los continentes del mundo. Es, precisamente, en lo que se ha convertido la Rambla Principal. ¿Cuántos negocios autóctonos y únicos quedan? ¿Por qué el cine ya no tiene lugar? En nuestra sociedad actual, indefectiblemente, es más rentable una franquicia que un cine clásico, o al menos, eso parece cuando los vemos desaparecer remplazados por estas. Debido al alto precio y la cotización de los locales céntricos y espaciosos que ocupaban las salas de proyección sólo pueden ser alquilados o comprados por grandes empresas que puedan permitirse una gran inversión. Estas grandes empresas, frecuentemente multinacionales, venden productos idénticos en casi cualquier lugar del mundo, puedes comer la misma hamburguesa en Nueva York o Berlín y vestir la misma ropa en Tokyo o Barcelona.

Estamos homogeneizando y empobreciendo la cultura y el comercio local en pro de la especulación y la globalización, perdiendo por el camino una escala de valores más humana y social.  El cine era socialización, compartir experiencias, aprender, ver mundos imposibles, países lejanos a los que no podías viajar. Qué triste es ahora, que podemos viajar a países lejanos y ver exactamente las mismas ciudades que aquí, rendidas a las multinacionales y las franquicias. Dirán que al cine lo ha matado internet, la piratería o Netflix y nadie recordará que murió por haber nacido en un mundo donde tu vida útil se mide por la rentabilidad económica y los precios del suelo. A la especulación capitalista no le importa lo romántica que fuera su historia, no le importa el amor, pues no se puede medir con dinero. Por desgracia, la superficie que ocupaban las salas de cines sí.  

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