PUBLICITAT
ENCANAL Nº0
18-09-2001 0:00
Tengo un nombre,... Creo.
Un nombre camaleónico como los nombres, múltiple en la compañía, lánguido con el uso, nombres que se van con las gentes, colores endebles que la introspección inventa y el nuevo gesto abate.
En ocasiones llueve y en el silencio de las gotas aplastándose contra las ventanas me parece oirlo rebotar a compás rítmico. Furio.
Demostrado: tengo un nombre.
Con ahorro de patetismo: o soy Furio o sólo llueve (le permito a la lluvia unas horas de suplencia existencial).
Hay días en que mi cuerpo naufraga entre las sábanas amarillentas por el frío dormir, madrugado, angustiado porque, aunque han desaparecido las imágenes del sueño en la pantalla del párpado, coletea el sentimiento y en la oscuridad de mi cuarto me persigo para dejarme magullar por las dentelladas del yo brutal y despierto que me sueña cada noche, y me agito las manos sobre el pecho hasta que mi nombre cae como un mundo. Y sonrío porque tengo un nombre: Furio.
Me rebautizo, ahuyento a la vacuidad a disparos de fonema.
Luego amanece y se levantan los ruidos y los olores del barrio y en ellos puedo hundir hasta la agradable confusión a mi nombre. La humanidad oliendo a patios y vapores. La humanidad de mercados y periódicos. La humanidad apátrida de muertes, partos y rigores. Ya me he desayunado con voces y papeletas.
Luego por la tarde, cuando en la cabeza me da vueltas ese ruido y atardece y la luz cálida y efímera me pregunta mi nombre yo lo digo, también a dentelladas: Furio. Y me retuerzo en mi sillón hasta encontrar alguna
comodidad en mi nombre. Pienso: ¿con qué nombre puedo disfrutar de buenas prestaciones? Ahora que llega la noche, recaudando insomnios, ronquidos, jaranas o fervor coital, la implacable necesidad de tener un nombre que lastime al silencio se une a la duda: ¿Será Furio un buen nombre? ¿podré encontrar un buen nombre?¿qué tal tratar de pasar la noche con este nombre inexacto? Ya pensaré otro nombre. ¿Y si no hay otro nombre? Entonces me pongo muy triste y creo que estoy condenado a estarlo. Y cada nombre que he tenido, que improviso a tenor de la perspectiva y la circunstancia, guarda dentro la tristeza de ser una palabra que no puede pronunciar nadie. Sólo queda el nombre ideal al que hay que acomodar los actos de cada nombre, el yo hidalgo entre la telefonía móbil, cerámica del yo que no sirve para nada, que el mundo ríe y desgasta, que el mundo acosa con la Oportunidad: el yo de glamour y retazos.Y pienso: aquí estoy yo, malaterrizado, sin nombre y quizás sin la posibilidad de ser nombrado, y entonces la vida parece un silencio que pide un nombre como requisito y, qué curioso, no lo tengo y estoy vivo. Me pregunto por qué estamos vivos si nos falta la capacidad de acertar un nombre. No soy Furio. Alguien muy bromista ha remendado el problema y nos deja cojear por la vida, como un lujo que corroe el gusto, el vicio de envejecer porque la senectud es un capricho por encima de nuestras posibilidades y que, sin embargo, nos es concedido. Entonces, ¿es el nombre un tendón golpeado que duele al andar? Estoy vivo arrastrando un nombre dudoso y pesado como una piedra. Las noches musculan el insomnio y las tardes, con la ocasión o la agenda, lo parapetan. Y la muerte me da el miedo que dan las posibilidades perdidas.
Me pregunto para qué necesita un nombre alguien que tiene un alma tan deforme. Pero yo tengo un nombre que cacarearle a la noche.
Decía mamá que claro mi alma no puede nombrarse porque es sencilla y noble.
Dicen los sabios que las almas son tantas cosas que no pueden tener un solo nombre.
Dice el funcionario que si no qué voy a poner en el carné.
Yo digo que no tenemos alma y por eso nos dan un nombre. O un balcón. O un número de teléfono que nadie conoce. Sólo yo, sólo Furio. Y multiplicamos el nombre con alarde de máscaras, y en esta aritmética aprestada y nomenclatoria disimulamos con gracia el abismo del carácter.
Por eso es bonito tener un nombre que cacarearle a la noche y que sirva para tranquilizarse si uno se amanece agitado y se repite su nombre. Y recuerda que un yo ideal acude higiénico y pluvioso para redimirnos de toda vergüenza.
Furio...
Furio.
Furio Lovaina
Cerámica del yo.
Dicen las lenguas que el rabo que pierden las lagartijas se agita
porque nos está insultando.
Yo me despierto agitado porque sueño que mi lengua se me cae de la boca y se agita en el suelo y dice mi nombre pero yo ya no puedo decírselo a nadie.
Y a fuerza de decirlo lo va matando. En mis oidos. Entre los cartílagos
rosas de la oreja. Sordera cartilaginosa donde pruebo la existencia.
Y entonces mi nombre suena como un insulto, o, al menos, como un reproche porque no tengo alma. Entonces Furio no es nada. Entonces Furio lo es todo, mi mejor protesta. Como si las protestas importaran. Luego viene el amigo o el cartero a recordarme que me llamo Luis o Carlos o Enrique VIII.
Quién sabe... a lo mejor vendí mi alma al diablo para tener un nombre. Sí, eso fue: eureka. Consolado, intuyo a Mefistófeles huyendo con su limosna. Porque para qué se quiere un alma si no se tiene al menos un nombre. Pero la cosa es que a veces preferiría no ser Furio, sino otra cosa; ¡hay tantas!: Alfredo, Ernesto, Jorge, Segismundo, Napoleón... Y muchas de ellas las he sido. Y entonces pienso que el nombre es una excusa porque no quiero tener un alma que mirar y pienso que las almas son un estorbo, una boca más que alimentar. Un alma sobrepasa toda capacidad de inventiva. Porque para qué querría otro nombre si no tuviera alma, un alma que quisiera frotarse contra mis ventanas, como esa lluvia de prodigio ocasional a la que confío la nomenclatura de mi reparto. Y salvífico (¡ojalá!), el último de los fracasos es la perfección: un alma colosal que responda a martillazos. Un alma de domingo y chimenea. Un alma perspicaz -un billete de metro-, que desee bucear en los subterráneos de la existencia. O un alma que se me cogiera fuerte a la garganta cuando aplasto sin escrúpulo a un escarabajo, como un sollozo que replicara al crujido del insecto bajo mi suela. O que, al pasar junto a un vertedero, sonriera compasiva y simpática ante lo putrefacto, ante la herrumbre. Pero yo sólo siento asco, como si en vez de alma sólo tuviera olfato, y ese olfato husmea entre los nombres algún perfume, algún espejo. Pero dudo de la sensibilidad de mi olfato; sólo sé que se mantiene vivo a base de oxígeno, que el oxígeno es inoloro, como mis nombres, y que como mis nombres, hace el apaño. Escalera sin peldaños del ser.
Y que conste que cuando digo alma digo...Yo. Y que a veces me grito a mí mismo: ¡YO!, como un latigazo, monosílabo, sin respuesta, sin complejo, para ver como resuena al tocar las teclas de mi pasado, a ver si ese yo suena a Furio, a César, a Iván, a Petunia, a Pterodáctilo... Y ese grito se pierde, como si yo fuera profundo. Se pierde entre las molduras de la máscara indeleble bajo la que envejezco a paso distraído, precisamente a costa de nombrar y de silencios, a cabezazos en el burladero de la ontología. Porque los nombres son máscaras, porque no podemos ser más que máscaras, la desnudez es una aberración natural y monótona, el alma es un capricho histórico. Porque la boca dentada, labiada, lenguada, cavernosa de paladar y profunda de esófago, está hecha para las pequeñas cosas, como decir «Furio», y que uno sienta el consuelo de decirse entre sus cuatro paredes. Porque si yo al menos fuera un poco yo , si pudiera daros la lista de mis nombres, os daría un poco del silencio que yo he callado. Soy groseramente ignorante.
Entonces os diría: «¿veis?, éste era Furio» y me encarcelaría en mi nombre y ese silencio se disolvería sin prisa en vuestros oídos. En los cartílagos rosas. Silabario callado, dentado de fracasos, esperanzado en el acierto improbable. Porque en realidad uno echa la caña en el silencio y se bautiza con el primer nombre pescado: a eso lo llaman alma, como si el alma no fuera un ruido del demonio. Un ruido disperso, de chatarras y badajo, un estruendo zaratustrático. Queréis que articule un poco de ese ruido, como se articulan los artificios: bien, llamadme Furio. Confío al abecedario el arreglo de mi Ser.¿Y entonces qué, si entre tanto yo improvisado descubro que soy una palabra?
Entonces mejor ahorrarme el suplicio de buscar una boca que me pronuncie y de que luego esa boca me quiera pronunciar. Boca gualda, boca cargada de existencia, mejor cállame y pasa de largo. Pronuncia a la historia con exactitud de fecha y estadística. No sea que cuando uno es, una brisa animal le rompa en pedazos. Porque se es como se es, porque hay que ser, en contra
de uno mismo, a pesar de la lógica y de los nombres, se es siempre por debajo de las posibilidades, se es a marchas forzadas, cerámica del yo que no sirve para nada, que en el fondo tiene más razón que el mundo, que se hunde en el mundo para convertirse en remordimiento, en sed, en vajilla hecha trizas, en lamento geométrico y heráldico.
ellàn
A Eix Diari creiem que un periodisme de proximitat, independent i sense pressions és més necessari que mai. La nostra feina és explicar el que passa al teu voltant amb rigor i compromís, però només és possible amb el suport dels nostres lectors.
Si valores la nostra feina i vols que continuem oferint informació lliure i plural per a tot el territori, fes-te subscriptor avui. El teu suport fa la diferència.
Però si ara no et pots subscriure i vols seguir al dia de les notícies més importants, uneix-te als nostres canals de:
PUBLICITAT
PUBLICITAT
PUBLICITAT