DIARI INDEPENDENT DEL GRAN PENEDÈS

ENCANAL Nº0

La MoRBoSIDAD


Pere Agramunt

18-09-2001 0:00

Es verdad que los hombres, como especie, tenemos cierta tendencia a la morbosidad. Se suele hablar de una curiosidad morbosa y hasta de un placer morboso. Y seguro que también desde siempre ha existido el chismorreo, como mínimo desde que empezamos a organizarnos en sociedades, y eso es inevitable y hasta cierto punto saludable (según declaró hace poco un conocido y multimedia antropólogo barcelonés).

Esos chismorreos o cotilleos, como prefiráis, estarían aposentados en la parte más baja de la tabla que nos daría fe de la morbosidad como tal. Subiendo un peldaño en esta particular clasificación toparíamos con lo que se suele llamar un “secreto a voces”. La diferencia entre éste y el ya citado chismorreo, estaría en el énfasis con el que transmitimos y/o recibimos la noticia en cuestión. Un cotilleo puede ser fácilmente olvidado y superado por otro en poco tiempo (en una suerte de aufhebung hegeliana), mientras que el secreto a voces suele ser más longevo dado que la información suele ser más importante y las fuentes de la misma más fiables. El secreto a voces atañe con más frecuencia a personajes de relevancia notoria en la comunidad, ya sea en un ámbito vecinal o estatal o internacional, y eso también determina el grado de morbosidad del asunto; podríamos decir que éste es proporcional a la virtud pública de dicha persona. Pero cuando los hechos, o las mismas personas, superan con creces los límites de la popularidad se puede trepar un último y definitivo peldaño en nuestra particular clasificación; es entonces cuando se empieza a hablar de mitificación.

Dejando a un lado la vertiente más chusca y anodina de la mitificación (un ejemplo podría ser la famosa felatio presidencial), sería interesante constatar cómo un objeto puede pasar a ser considerado de culto (el pariente anacrónico y esnob de una cosa que pueda estar de moda) después de un acontecimiento singular. Veamos un caso bastante conocido: la novela El guardián entre el centeno de J.D. Salinger. A parte de la sabida reclusión de su autor (recordemos que por voluntad expresa se mantiene en el más absoluto anonimato desde hace décadas, y hasta las relaciones con su editorial son mediante correspondencia), otro de los mitos que merodean alrededor de esta obra es que el asesino de John Lennon la llevaba encima en el momento de su detención, cuando se encontraba sentado en un banco cercano al lugar del crimen.

No voy a ser yo el primero, ni el último, que alabe las portentosas páginas que dan vida al bueno de Holden Caulfield, claro está. Pero, ¿qué hubiese pasado si Salinger, en lugar de alimentar una leyenda sobre la que todo el mundo puede sacar sus teorías (lo que hace que sea mucho más excitante, ciertamente), hubiese tenido una vida privada ostentadora y proclive a la envidia tipo Tom Wolfe? Si no se hubiesen combinado esos elementos de morbosidad y misantropía en la figura de Salinger, ¿estaríamos ahora hablando de él?

Pere Agramunt

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