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11 de Setembre: El mejor día para estar de vacaciones (lejos)

Acabo de volver de unas vacaciones en el extranjero calculadas con tan poca maña que he aterrizado en Barcelona un día antes del 11 de septiembre, fecha idónea para estar bien lejos de aquí. No puedo remediarlo: la celebración del 11 de septiembre me da vergüenza, y ya no sólo por ser fruto de un absurdo masoquismo patriótico, sino porque se ha convertido en una tradición más, placebo de la conciencia política perdida.

Pero antes de que me ataquen a banderazos, tengo que decir que soy catalana e independentista a pesar de cometer, según algunos, la barbaridad de expresarme mejor en español. Nací en Barcelona y crecí en Sitges, pero ni mucho menos soy independentista por ello. En reiteradas ocasiones he intentado encontrar la lógica que supuestamente se esconde detrás del amor a una bandera, y me resulta imposible poseer este tipo de sentimiento por un trapo de colores estridentes que representa la sangre de un guerrero del que sólo sabemos lo que quieren contarnos los libros de historia.

Soy independentista por razones prácticas. Históricamente, la sociedad catalana y sus instituciones han ido siempre por delante del resto de España, lo cual ha creado la posibilidad, cuando nos han dejado, de desarrollar más derechos para la clase trabajadora (en la que incluyo a mujeres, inmigrantes, minorías raciales y culturales, el colectivo homosexual, etc.). Está más que comprobado que recibir órdenes de la Moncloa, sea cual sea el color del partido de gobierno en el post-franquismo, ha hecho poco más que despojarnos de nuestros recursos (véase: PHN, tarifas en autovías, etc.) e impedir o aplastar avances sociales (Catalunya posee una ley de protección animal que permanece supeditada al Código Penal Español; éste no tipifica delito el maltrato a los animales, que se consideran un bien material) y laborarles (como el infame “decretazo”) que de ser Catalunya independiente no nos afectarían. Es más, si bien las desastrosas gestiones de Madrid perjudican a toda España, una Catalunya libre, y por lo tanto más avanzada, se encontraría en mejor posición para echarle una mano a lo que es hoy el resto del Estado Español. Además, por muy retrógrada que sea la derecha catalana (véase: construcción de granja de macacos para experimentación en Camarles a pesar de grandes manifestaciones de protesta), en una Catalunya independiente jamás llegaríamos a tener como presidente algo ni remotamente parecido a Aznar.

Por eso el patriotismo lacrimógeno con sus discursos incendiarios contra el imperialismo español, entre los que aún no he descubierto un análisis objetivo, profundo y autocrítico de nuestra situación actual (pero sí muchos signos de admiración, letras mayúsculas en rojo y alaridos reivindicando gestas heroicas de hace 400 años) ensombrece cualquier posibilidad de un cambio real. Los gritos de “Visca Catalunya” suenan tan a balido exaltado como los de “Visca el Barça”, los dos muestra de lealtades irracionales que nos incapacitan para elaborar entre todos un proyecto serio de autogobierno. Y es que deberíamos preguntarnos si en el fondo nos interesa convertirnos en un país independiente. Yo creo que no: el camino hacia la independencia requiere demasiado esfuerzo, tiempo y sacrificio que nos impediría ver muchos partidos del Barça o escaparnos cada fin de semana a la casita de la playa. La situación actual, sin embargo, no sólo nos permite eso sino también orear la sábana rayada en el balcón una vez al año y pasear en masa nuestro cómodo victimismo por el barrio de El Born, luciendo camisetas reivindicativas entre las que se exhiben marranadas crueles como un dibujo de las Torres Gemelas saboteadas con el logo “Anti USA” y la más que gastada cara del pobre Che Guevara. Y digo “pobre” porque sospecho que si viviera aquel joven valiente, bueno, egocéntrico e ingenuo de entonces se horrorizaría al verse en camisetas de revolucionarios de domingo. Es más, imagino que a estas alturas el Che ya habría aprendido que no hay que ir a decirles a los indígenas los que tienen que hacer sino aprender de ellos, y por lo tanto, puestos a presumir de ídolos nos hubiera animado a lucir la cara enmascarada de Marcos, o mejor aún la de una indígena chiapaneca, o yendo más lejos nos diría que nos dejáramos de ídolos, de presuntuosas fiestas patrióticas, de uniformes de progre según la moda del momento y de consignas ajadas. Quizá nos diría que nos dejáramos de tanta parafernalia burguesa y fuéramos “per feina”.

Por otra parte, me niego a formar parte de una celebración en la que participan grupos que justifican, y en casos extremos reivindican, la violencia contra blancos civiles. No los respeto ni los tolero, y ahora ya ni los escucho. Las víctimas de Nueva York, las de los suicidas palestinos, las de ETA, merecen la misma compasión que las víctimas de los bombardeos en Afganistán, las de los tanques israelís y las de la represión en el País Vasco. Esta nefasta mentalidad partidista incluye hasta a los animales, y no faltan grupos que reniegan justamente de las corridas de toros por ser una “imposición cultural española que denota extrema crueldad” pero defienden la “matança del porc” porque esta tradición es “nuestra” (y después nos zampamos al pobre animal, lo que también influye en nuestro nivel de coherencia). Dividir a las víctimas en más o menos merecedoras de una muerte violenta según el lado de la frontera en que se encuentren tiene el mismo fin que la división de la clase obrera, para la cual se han usado los mismos parámetros y agentes (nosotros mismos). Este fin es, sencillamente, no dejarnos más opción que elegir al próximo tirano. Es lo que hemos venido haciendo durante siglos y no hemos evolucionado. Por eso el año que viene me aseguraré de pasar el 11 de septiembre fuera de Catalunya a menos que para entonces el raído discurso patriótico empiece a ser sustituido por uno más inteligente, más humano y menos autocomplaciente.


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